En Xochitécatl

I

Arde el fuego en lo alto de ésta montaña,

quema el sol con su rayo omnipotente.

En medio de las ruinas el recuerdo es latente,

vibra la piedra volcánica y antaña.

El infinito telón azul acaricia los cabellos blancos de la mujer dormida,

pareciera que algún día dará a luz la montaña nevada.

El aire pandea el ambiente con una voz jamás escuchada,

después la memoria se ve enteramente carcomida.

Aquí, en ésta montaña intencional y antigua,

a los pies de sus escaleras el sol dibuja rostros en el cuenco.

Los poros oscuros, duros, abiertos, hostiles y huecos,

tienen polvo, voces atrapadas y petrificada agua.

Se han secado las flores de su linaje,

la noche cósmica calca recuerdos en el suelo.

Ya nadie busca aquí el alivio o el consuelo,

ni los hombres ni las que parieron con coraje.

II

Se agita el mar de aire, se atreve a rozar las espigas doradas que no dejan de pronunciar su nombre infinito, claro, adyacente a tus labios. Como queriendo venerar al olvido, el oleaje del viento-mar reza la oración de la tarde quemada y angustiosa de recuerdos. Una brigada del presente te persigue, quiere acuchillarte pero corres alrededor del montículo espiral y te das cuenta que has llegado al mismo lugar, como siempre en todos los lugares. Nadie te rescata y sucumbes ante la impotencia que se yergue en tu alma como los volcanes en el valle.
III

Se mueve el sol, gran padre de los que habitaron, de los que habitan y los que un día morirán con él a cuestas. Ilumina la piedra que proyecta siluetas sagradas.

En el cuenco volcánico se dibujan las montañas, génesis de su cuerpo de piedra fría, áspera, sagrada.

Te diste cuenta que las sombras eran una pareja y que a su lado se dibujó un perfil femenino, moreno; no advertiste que a su lado no estabas, no existías.

Mientras el sol jugaba con las sombras en la piedra, el oleaje del viento-mar no te soltaba, te gritaba y te azotaba de culpa.

Viniste buscando consuelo, saciar tu sed de explicación a tu duelo pasajero, efímero, silenciado.

IV

Terreno fértil para el recuerdo

y la flor de linaje.

Concebiste añoranza,

tus ojos parieron lágrimas.

V

A setenta y cuatro kilómetros de sus ojos te desmoronas, extrañas, concibes y das a luz. Esa noche no dormiste, los futuros recuerdos te hablaron: no quedarás en nada ni en nadie. Desde aquella noche comprendes que todo lo que pasa en tu vereda es un ciclo destinado a aclararse en el alba y a oscurecerse en el final que precede al nuevo inicio.

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