Bitácora de un reencuentro

I

Lo fortuito de lo escrito desencadenó una ola de recuerdos, un aire tan fuerte que desempolvó las lápidas de añoranzas y tactos tanto fríos como cálidos.

El acuerdo tan líquido y sublime, tan incierto y esperado por un alma durante más de 600 días, esa alma acalorada por lo que algún día fue y hoy es.

Y aunque no existen esperanzas de nada depositadas en ello, se cree firmemente que el reencuentro nutrirá (como el agua de los cielos nutre a la raicilla de la hierba santa) las cosas que quedaron rotas y autosaboteadas.

Las manos llueven, encontrarse es como alzar la mirada y encontrar en el vacío un eterno paisaje en constante movimiento, fluido.

II

Apareció de repente, entre incertidumbre y bosquejos de cosas por venir, un rostro familiar, amplio y simétrico; de su boca brotaron mariposas color violeta. Un martes de extenuante calor, corona y consagra el reencuentro

Es como si el esbozo de un rostro se confirmara con el epicentro del retorno volatil de voces pasadas. El centro de las palpitaciones se derrumbó, sus columnas no resistieron pero la máquina siguió andando.

Las horas no son mas que sonrisas, risas, palabras, abrazos y un sin fin de noticias al calor de un estrecho formado por dos entes que no paran de intercambiar el sabor de vivencias fermentadas.

A dos grados hacia el sur se despiden, se van. Se dejan y continúan sus vidas como se supone que deberían hacerlo.

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