Solsticio de verano

I

En la última línea, la última palabra y el último par de letras que danzan a la luz del día más largo, dibujar círculos de la mente que han quedado atrapados, resolver el enigma del que uno es presa. La luz de ésta línea que se dibuja de a poco sobre nuestras cabezas va dictando el final, el ocaso de la voz de la mente que repite que hay que liberarse de la cárcel de la eterna primavera.

Infinitas sombras nos cubrieron en el pasado, aprendimos que hay que cuidarnos de las noches frías, de las estrellas que parecen ojos vigilantes. Son los recuerdos que vienen y nos aplastan, carcomen nuestros huesos y someten los impulsos.

II

No es amenaza. Voy  a atragantarme  con mi lengua que tantas veces ella devoró, la que lamió sus senos de hembra empedernida, la que probó su sexo y su saliva. No es amenaza pero voy a olvidarme, desaprenderme y deconstruirme bajo el riesgo de olvidar qué fui, qué pude ser. No es amenaza, voy a morir para volver a nacer sin desaparecer, seré todo polvo, todo ceniza, voy a dejarme ir. No es que amenace con lo que quiero ser, es que, harto de mí mismo, el rescate es abandonarme.

III

Las formas primordiales de las noches son los recuerdos, las huellas en la arena que una ola borró, sus besos, una tarde en el lugar incierto –al final, la vida se resume en acumular recuerdos–, alguien lo dijo y hoy aún vive. Recordar es, entonces, vivir en eterna noche oscura.

IV

Dulce, santificada, amada. Que los dioses le guarden en el libro del amor y en las crónicas de la belleza del universo. Que se desarrolle una teoría sobre mundos paralelos en donde en uno de ellos seamos eternos y simples. Que el aire me perdone mil veces y resople en mi oreja: ¡tu amor! ¡tu amor! ¡tu amor! 

V

A la luz de éste último día, que regrese sólo su aroma para guardarlo en mis sienes, para no extrañar más, para recordar el pasado y afrontar la condena de éste eterno presente. Crecer en el alba del verano que se asoma ya en el horizonte, que marca la hora de la partida.

VI

En el día más largo, en el último día de primavera, cuando la luz parezca perpetua, olvidar nombres y caricias. Esperar a que el mar de arriba borre las huellas dejadas en la arena, marcando el camino andado. En éste día, el más largo, el más dócil, dejar atrás rostros, labios, sexos, abrazos, charlas, miradas furtivas que incitaban al goce del alma y a nostalgia. Conducir hacia el mismo destino que es borroso y nublado, hacia allá donde espera lo incierto, allá donde nada aguarda, donde el solsticio marca en la frente el compás de los pasos.

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