Tlatelolco, la sangre de la historia.

Es miércoles, 2 de octubre del 68. La marcha programada, con destino al casco de Santo Tomás, se ha cancelado, se limitarán a permanecer en la Plaza de las Tres Culturas.

Ya en la tarde se congregan en Tlatelolco. Se lleva a cabo el mitin y el recordatorio sobre lo acordado en la mañana: no se marchará rumbo al casco de Santo Tomás. Posados en la plaza, los estudiantes son vigilados por un helicóptero que después marcará, a luz de bengala, el inicio de la masacre.

Disparan desde la terraza del Chihuahua, el ejército responde, todo se torna un mar de gente con distintas corrientes. Hay confusión y desconcierto. Las puertas del recinto religioso de Santiago de Tlatelolco se cierran, no hay a donde escapar. En las ruinas que otrora vieran caer a Cuauhtémoc y el pueblo mexica, yacen cuerpos sin vida de estudiantes, obreros y amas de casa. Hay zapatos regados y en Tlatelolco brota la sangre de los ideales y los derechos atropellados. La bayoneta de la “justicia” y el “orden público” se regocija con la sangre de los silenciados. Los noticieros omiten y distorsionan lo ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas, “fueron 20, 30 muertos, solo eso ¿qué mas da?”, “el ejército mató estudiantes pero nosotros diremos que intervino en una trifulca entre ellos”. Los estudiantes y sus problemáticas son menospreciadas, como menospreciadas siguen siendo las necesidades y voces de jóvenes combatientes, son las necesidades de la gran mayoría de un México que empezará a caerse en pedacitos.

Los sobrevivientes son llevados a quién sabe dónde y quién sabe qué les harán. Lecumberri es a José Revueltas como Campo Marte a torturas.

Tlatelolco allanado al día siguiente por el ejército, las madres siguen buscando y penando por sus hijos; quién sabe, a lo mejor yacen en el piso o en una charola de alguna delegación del Departamento del Distrito Federal, calladitos, quietecitos, sin ruido, sin consignas, ya no andan y no andarán.

El 1º y 2 de noviembre, a un lado de la iglesia de Santiago Tlatelolco, los sobrevivientes colocan ofrendas a sus compañeros caídos. De rodillas y en las manos, formada por los dedos índice y el medio, la “V” de la victoria. La “V” característica que los obreros, estudiantes y el resto de los inconformes, enarbolan: ¡VENCEREMOS!

Al año siguiente, el 1º de septiembre, en el congreso el cinismo se hace presente cuando “La Changa” daba su parte de guerra en: “Asumo cínica e íntegramente la responsabilidad personal, ética, social, jurídica política e histórica, por las decisiones del gobierno en relación de los sucesos del año pasado”, “yo maté, yo mutilé, nada puedes hacer”, hay aplausos lambiscones. “La Changa” se siente héroe: “salvé a mi país de la temible mancha roja, el patio trasero del tío Sam servirá a sus barras roji-blancas y a sus estrellas”. Echeverría no se escapa de ser culpado y algún día la justicia, no se sabe si divina o humana, lo juzgará.

Sangra Tlatelolco, cómo sangra y duele la memoria. Las generaciones conscientes futuras recordarán, no olvidarán y no perdonarán ésta herida en la conciencia nacional.

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Tlatelolco, la sangre de la historia by Yoltik R. Vargas González is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://unanocheenunalibreta.wordpress.com/2018/01/30/tlatelolco-la-sangre-de-la-historia.

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